Hace un par de días caí enfermo. Todo empezó con un simple dolor de garganta. Atravesé el día de aquella manera, con molestias pero aguantando. Recuerdo que tuve una cena más que interesante donde dialogaba con unos allegados. Bueno, más que un diálogo era un monólogo. Todo el rato quiero ocupar el espacio. Lo hago constantemente y sin darme cuenta. No sé a qué responde; quizás sean inseguridades, o simples ganas de hablar o quizás que piense que siempre hablo de temas más interesantes que el resto.
Aquella noche hablamos de cuestiones primordiales: de Dios(es), de la guerra, de metafísica, de epistemología, de música, etc. Todo pudo resumirse a una postura frente a mil, como la imagen de un soldado que no capitula y camina al frente sabiendo que es un suicidio. La idea de la transcendentalidad frente al materialismo más reduccionista. Y esto es una cuestión que merece una entrada en este blog, pero no es este el momento. Simplemente adelantaré la tesis que sostengo: el mundo actual está enfermo de materia.
Terminó la charla, la cena, las despedidas, y me dispuse a dormir. Fue terrible lo que tuvieron que ver los espíritus que habitan conmigo. Pues de manera escatológica se lo describo: mocos, flatulencias, berridos, aullidos, olores entremezclados en un mismo espacio... Toda una energía que pudo ahuyentar en aquella noche a mil demonios.
¿Saben una cosa? Esto es una sinceridad que les cuento en la máxima intimidad posible. Cuando era pequeño sufría de algunos dolores de cabeza, y casi siempre que finalizaba el colegio le decía a mi querida madre que tenía dolores. Además, por la noche me costaba dormir bien y siempre me despertaba cansado. He de ahí mis ojeras. Todo esto, sumado a una narrativa que, no sé hasta qué punto es cierta, me ha llevado a construir en mi imaginario la visión del médico diciéndole a mi madre que yo sufría de una hiperactividad cerebral nocturna. Como les digo, queridos lectores, no sé hasta qué punto eso es cierto. Pero para mí, lo es.
Esta condición "negativa" me ha acompañado toda la vida junto a una "positiva": poder quedarme dormido con mucha facilidad. Por lo que, mi vida, a la que yo expongo diariamente a una serie de estímulos bastante intensos, sufre por las noches de una continua inestabilidad que fragmenta mi mente. Creo que esto está empezando a tener consecuencias en mi memoria, pero ya trataremos esto más adelante.
La noche del tormento
Todo esto era un inciso para explicarles qué pasó la noche de la cena. Mi mente, que ya de por sí sufre de esa hiperactividad cerebral nocturna, vivió aquella noche un tormento. Esta hiperactividad se vio intensificada por los delirios febriles de aquel resfriado que contraje. Aunque muchas son las cosas que podría decir de aquella noche, lo único verdaderamente destacable es que, tras una serie de gritos y quejidos que se sucedían cada vez con más intensidad, tuve que acabar por despertarme para ir a las 3:19 de la mañana a por más medicación.
El día siguiente fue aún peor. La fiebre, la congestión nasal, los sudores, el malestar, todo aumentaba intensamente. Eso sí, el dolor de garganta había desaparecido. Me dispuse a sobrellevar el día de la mejor manera. Fui a trabajar, volví de trabajar, seguí trabajando y terminé de trabajar.
Ya a las 19:00 de la tarde, cuando era de noche, agotado de todo el día, fui a la cocina, me hice dos bocadillos y me fui a mi cuarto a cenar. Una vez que había cenado, con todo el dolor que cargaba encima, me quité la ropa y me metí en la cama. Estuve ojeando el móvil un rato, mientras veía videos de YouTube en mi proyector. Ambos estímulos acabaron por agotarme hasta que, aproximadamente a las 20:00 de la tarde, me quedé dormido. Con el móvil apagado, pero con el proyector encendido.
Descansé lo que pude, y a eso de las 22:19 de la noche me desperté sobresaltado. Por un lado porque mi cuerpo no estaba en la postura correcta para dormir. Y, por otro lado, porque constantemente estaba en estado de alerta. Por lo que, me acordé de que me tenía que tomar la medicación. Me levanté y fui a ello.
Cuando volví de la cocina, otra vez me dispuse a intentar dormir. Apagué el proyector, aparté el móvil, y me puse cómodo. Todo estaba donde tenía que estar. Todo menos mi mente.
El delirio
En ese instante, donde no era consciente del todo, entre el estado del sueño y la vigilia, mi mente empezó a rodar. Rodaba como si fuera un juego al estilo del Geometry Dash, o algún juego del estilo, donde una figura geométrica avanza por distintas pantallas. Algo del estilo psicotrance. En ese estado en el que me encontraba estaba queriendo agarrar las riendas de mi volición. Quería demostrarme a mí que yo podía por encima de mí. ¿Se dan cuenta de la locura que es esto? Yo no puedo ser independiente de lo que mi mente es, pero en estos estados, pareciese que la mente discurre por un lugar por el cual el ánimo no quiere.
Me reafirmaba una y otra vez: SI ERES UN SER VOLITIVO, HAZ QUE ESTO ACABE. La imagen mental era terrorífica: comprendía el proceso sináptico, yo estaba ahí. Mi mente mandando información de un lado a otro en cuestión de milisegundos. No me daba tiempo a quedarme en un lugar. Mi mente no lo quería. Me decía: HUYE. Disfruta y explora nuevos sitios, de un lado a otro, de otro a un lado, así constantemente. El movimiento era lo que me mantenía vivo: de lo contrario, habría muerto. O lo que oníricamente es análogo: me habría quedado dormido.
Lo que quizás significa
No sé cómo interpretar esto. Quizás no esté preparado para morir, y por eso no quiero dormir. No estoy preparado para que acaben las noches de ocio, por eso me quedo hasta que el bar cierra. No estoy preparado para que las clases acaben, por eso me quedo hablando con el profesor. No estoy preparado para que las relaciones acaben, por eso me agarro a cualquier argumento para validar al resto. No estoy preparado para el final, por eso mi mente me mantiene siempre en movimiento.